GOTAS

 

Había unos griegos que habían subido para los cultos de la fiesta.

Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron:

Señor, queremos ver a Jesús (Jn 12, 20-21).

 

 

 

 

Extraños y extranjeros no judíos quieren ver a Jesús.

   ¿Qué sabían de Él? ¿Qué habrían oído acerca de Él?

   Lo importante: queremos ver a Jesús.

Jesús se ha hecho palabra humana, Escritura:

   se le puede oír, leer, estudiar, comprender, proclamar... orar...

Y lo que es anterior y más perfecto todavía:

   en el hombre Jesús, la Palabra de Dios tiene rostro humano.

Pertenece a un pueblo, el judío; posee su lengua y su cultura.

   Al mismo tiempo que es divinidad, gloria y misterio,

   es carne frágil y mortal, historia y humanidad.

Así es de concreto y real el rostro y el corazón humano de Jesús.

   De este modo es posible el encuentro, el diálogo,

   el intercambio personal de amores y corazones...

Es posible donarse mutuamente la vida: Él y yo;

   Él y cada uno de nosotros. Él a nosotros, nosotros a Él.

Y con Él y como Él a los demás.

El anhelo del corazón,

   el más profundamente humano y divino a la vez, es ver a Jesús;

   más aún querer ver a Jesús.

Ahora mismo, puedo querer verle... ¡Se me hará «visible»...!

Sólo dependerá de la transparencia o limpieza del corazón.

Inténtalo. Y estrena cada día ese encuentro que es don recíproco. No te arrepentirás. ¡Es todo tan distinto!

   “Ojala escucharais hoy su voz” (Salmo 95/94,7).

P. Gregorio